Yo gano

Está todo por hacer y nada es peremne.
Oigo mi nombre y sus variantes incluso cuando no me llaman, reclamo constante de lo pendiente, de lo urgente, de lo imprescindible que sólo yo puedo hacer.
Paro y me repito hasta saciarme que “yo puedo con todo”.
Puedo con lo mundano, con lo etéreo y con el agujero negro que todo se lo traga con el cartel luminoso de “completo” en el hotel de un futuro incierto.
Puedo con el gigante aterrador de la ropa por planchar, yo gano. Puedo con la psicópata de mi nevera vacía, que me mira fríamente preguntándome jocosa que narices pienso hacer para cenar. Yo puedo, yo gestiono, yo gano.
Puedo con la necesidad de atención constante de aquello que realmente me gustaría que fuese lo único a lo que tener que atender constantemente. Yo siempre estoy para vosotros, yo gano, yo puedo.
Puedo con mi cerebro incansable que no respeta ni los tiempos muertos, aferrado a máquinas infernales que me encadenan al mundo de más allá de mis paredes. Yo puedo, yo soy eficiente, yo gano.

Y de repente, los cuadros no me gustan, las paredes son demasiado blancas o demasiado oscuras y no tengo un martillo que las destruya. Los muebles se han equivocado de sitio, y yo no soy yo, soy otra cansada, agotada, más gorda, más vieja y más fea. Y todo lo que quiero hacer se reduce a todo lo que no estoy haciendo y todo lo que quiero tener se centra en todo lo que no tengo.
No puedo, no gano, voy a perder.
En el pozo sin fondo suena mi risa irónica.

Hay un segundo. Un segundo en el que los sentimientos que todos aseguramos no tener ni siquiera me avergüenzan. Y luego, como invadida por aquella que juraba por Tara, una sonrisa torcida que más bien dibuja mueca renace mientras paro, y me repito hasta saciarme: yo puedo con todo.

Y puedo.

Y me gano.

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