Veneno

Veneno

Nos movemos, pero no andamos, no avanzamos…
Nos arrastramos,
Escondidos entre las rendijas de las baldosas del suelo.
Chocamos los unos con o contra los otros y no nos miramos a los ojos.
Ya no tenemos ojos.
En su lugar, cavidades vacías.
Cavernas en las que se escondes psicópatas obsesionados.
Huecos por donde el alma se ha ido filtrando hasta derramarse por completo.
Deslizándose por nuestras mejillas, bajando por todo nuestro cuerpo sin encontrar ningún lugar suficientemente fuerte al que asirse.
Goteando por nuestras piernas, hasta caer al suelo, dónde uno tras otro nos hemos ido pisoteando el espíritu.
Pero sin alma no podíamos sobrevivir, así que a alguien se le ocurrió sustituirla.
Y lo único que encontró fue veneno.
Así, perdidos, sin alma, vacíos… nos envenenamos para seguir viviendo.
Envenenados de mentiras, nimiedades, falsedades, estupideces y noticias del “corazón”.
Y envenenados, nos movemos…
Europa sube al toro blanco envenenada de su propio deslumbramiento y no mira atrás.
Engañada, debería quizás morir de vergüenza.
Quizás no la tenga.

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Días largos #NochesTristes

Estos son mis días, tardes, noches. De edificios de hormigón y calles donde no baila la gente al son de bandas sonoras de los momentos bonitos. De alquitrán y calor, de lo mismo que ayer previsto para mañana. Estos son mis escasos segundos en un mundo sin futuro alentador, con spoiler de un final por el que pasaremos todos antes o “cuanto más tarde mejor”. ¿Y mejor por qué? Días de besos que no me diste porque no me dio la gana, aunque los quería.
En un mundo de humanos pequeñitos, desprovistos de ideas grandes que se inventan mundos superiores para sentirse menos pequeñitos.
Entre las cosas que espero, las que no pasan, las que dejo correr. De ruedas estáticas, carteles con indicaciones hacia la nada. Gps en los que voces sin sentidos lloran, perdidos.
Querer es infinita y dolorosamente triste. Y quien no quiera con esa conciencia terrible del dolor de la perdida posible, es porque no ha querido nunca de verdad. La única forma de ser feliz es dolerse de querer y olvidarlo a ratos. No hay camino que no tenga un final, enmarcado en un mundo que se jacta de infinito sin fin ni principio.
Desubicados y malhallados somos los humanos. Doloridos y sufridos, olvidadizos y esperanzados en lo irrisorio.
Seamos menos humanos, viviremos mejor.

Yo gano

Está todo por hacer y nada es peremne.
Oigo mi nombre y sus variantes incluso cuando no me llaman, reclamo constante de lo pendiente, de lo urgente, de lo imprescindible que sólo yo puedo hacer.
Paro y me repito hasta saciarme que “yo puedo con todo”.
Puedo con lo mundano, con lo etéreo y con el agujero negro que todo se lo traga con el cartel luminoso de “completo” en el hotel de un futuro incierto.
Puedo con el gigante aterrador de la ropa por planchar, yo gano. Puedo con la psicópata de mi nevera vacía, que me mira fríamente preguntándome jocosa que narices pienso hacer para cenar. Yo puedo, yo gestiono, yo gano.
Puedo con la necesidad de atención constante de aquello que realmente me gustaría que fuese lo único a lo que tener que atender constantemente. Yo siempre estoy para vosotros, yo gano, yo puedo.
Puedo con mi cerebro incansable que no respeta ni los tiempos muertos, aferrado a máquinas infernales que me encadenan al mundo de más allá de mis paredes. Yo puedo, yo soy eficiente, yo gano.

Y de repente, los cuadros no me gustan, las paredes son demasiado blancas o demasiado oscuras y no tengo un martillo que las destruya. Los muebles se han equivocado de sitio, y yo no soy yo, soy otra cansada, agotada, más gorda, más vieja y más fea. Y todo lo que quiero hacer se reduce a todo lo que no estoy haciendo y todo lo que quiero tener se centra en todo lo que no tengo.
No puedo, no gano, voy a perder.
En el pozo sin fondo suena mi risa irónica.

Hay un segundo. Un segundo en el que los sentimientos que todos aseguramos no tener ni siquiera me avergüenzan. Y luego, como invadida por aquella que juraba por Tara, una sonrisa torcida que más bien dibuja mueca renace mientras paro, y me repito hasta saciarme: yo puedo con todo.

Y puedo.

Y me gano.

Había una vez

-Todos los cuentos tendrían que empezar por “había una vez”.Acabar en perdices, o un vivieron felices.
Las historias deberían obviar los por qué. Huir de las lógicas, de lo concreto, de lo certero.
Lo mágico habría de ceñirse a lo imposible que sucede con naturalidad.
Lo incuestionable de lo irreal nos presta un lugar más seguro que una realidad teñida de tantos tonos de color como visiones y opiniones del mundo hay.
No hay realidad en la que coincidamos, y sin embargo nadie cuestiona un sueño.

Una vez acabó su breve discurso, el constructor de sueños dejó los papeles sobre el atril y se marchó del auditorio en el silencio profundo que deja la ausencia de aplausos. Más tarde, Jaime, el chico que limpiaba el escenario, se sorprendió al recoger las hojas del extraño ponente.
Unos veinte folios en blanco, y en todos y cada uno de ellos tan solo tres palabras en la banda superior izquierda: “Había una vez”Typic(1)

Bajó el cielo

El cielo bajó al suelo y nos hizo una recomendación, mas no encontró oídos ni ojos con necesidad de ver o escuchar.

Bajó al suelo el cielo, más azul y más brillante que nunca para que nos viésemos reflejados, mas no vimos más que un espejo donde deleitarnos.

Bajó con calma, luego con furia en forma de mil y una calamidades, entonces le hicimos caso, lloramos, gritamos, pedimos clemencia, consuelo. Prometimos cambiar y estar atentos al cambio.

Así que el cielo volvió a su lugar, y desde las alturas pudo ver como volvíamos a olvidarlo todo.

Por suerte para la estupidez, la bondad tampoco tiene memoria.
Y bajó al suelo el cielo, otra vez.10626495_710060122414400_2569350003509348274_n